A 10 DÍAS DE THE WALL

Ya pasó semana y media desde el concierto de Roger Waters en la Ciudad de México y sigo impactado por el show que dio. Desde que INXS se presentó en el D.F. en 1990 he sido un cazador de conciertos y durante mucho tiempo pensé cómo se vería el espectáculo de The Wall en vivo, algo que parecía imposible por varias razones: en ese entonces, era raro ver que un artista viniera a tocar a México con su show completo; y por el otro, el odio con el que terminaron Roger Waters y David Gilmour el proyecto de Pink Floyd, pero me di cuenta que en 22 años puede pasar de todo.

¿A qué me refiero? Hoy, en un lapso de dos semanas puedes ver en vivo a Pulp, Paul McCartney, Patti Smith, James y, por supuesto, al mismo Waters en esta ciudad, algo que parecía imposible en 1990. México se ha convertido en una plaza más importante que muchas ciudades de Estados Unidos, como lo pude comprobar en Miami. Además, prácticamente todos los artistas vienen con su show completo. Y para redondear la idea de lo que el tiempo es capaz de hacer, Gilmour y Waters han vuelto a compartir el escenario, lástima que no fue en México.

Regresando al concierto, una de las cosas que distinguió a Pink Floyd a lo largo de su brillante carrera fue la forma en que conceptualizaban sus discos, desde el tema que escogían para desarrollar las cacniones hasta la manera en la que lo llevaban al escenario. Es por eso que esperaba tanto la gira de The Wall: porque era la máxima obra de Pink Floyd llevada a un escenario, la vida de un pequeño inglés, Pink, que pierde a su padre en la Primera Guerra Mundial y su mortificada relación con el mundo exterior hasta que se convierte en un adulto torturado, solo y con todo tipo de traumas y complejos que terminan por ser los ladrillos de un muro imaginario para aislarse del mundo.

A los integrantes de Pink Floyd, The Wall no debe de traerle los mejores recuerdos. La gira original fue tan costosa que terminaron perdiendo dinero, (Rick Wright fue el único que vio ganancias, pues se había separado del grupo y cobraba como músico asalariado). Además, las tensiones estaban a tal grado que ninguno de los tres miembros restantes se dirigía la palabra y Waters se hospedaba en un hotel aparte del resto de la banda. De todas formas, The Wall dejó una marca indeleble en una generación gracias a lo profundo, directo y brillante de las canciones que lo conformaron y a la película que hizo tiempo después Alan Parker. O por lo menos yo pensaba que The Wall había dejado huella en una generación, pero no fue así, porque más de la mitad de la gente que vi en el Foro Sol era menor que yo, y por bastante.

El chiste es que a pesar de las pérdidas de la primera versión de la gira de The Wall, Waters confió tanto en su obra que decidió montarla nuevamente en 1990 para festejar la caída del muro de Berlín. Obvio, no lo acompañaban Gilmour, Wright o Mason. Varios de los números fueron interpretados por otros grupos y cantantes populares de esa época, como Sinéad O’Connor, Cindy Lauper (sí, alguna vez fue popular), The Band y mi ídolo de la primaria y de la secundaria Bryan Adams, entre muchos otros. Posteriormente, en 2010, Roger Waters volvió a arriesgarse al hacer una gira con únicamente el material de The Wall. Se estima que la inversión para llevar este show por Estados Unidos, Europa y América Latina fue de 60 millones de dólares, pero ahora la historia fue muy diferente: tan sólo en sus presentaciones en Estados Unidos, Waters recaudó más de 80 millones, así que la apuesta por la nostalgia finalmente rindió fruto en billetes verdes. Tanto, que hubo más de 190 conciertos de la gira, de los cuales 15 fueron an América Latina y en un par de ocasiones pisó territorio mexicano.

La primera vez fue en el Palacio de los Deportes a finales de 2010, época en la que tenía menos dinero que Kevin Costner después de Water World, y con lo costoso de los boletos, me lo perdí. Quienes fueron me dijeron que fue impresionante escuchar todo el disco con un show tan teatral. Tuve que haber estado ahí, pero simplemente no pude. Se me empezaba a fabricar un trauma al estilo del personaje de The Wall cuando el año pasado salieron a la venta boletos para otra presentación de Waters, ahora el 28 de mayo, en el Foro Sol. Mi situación económica estaba un poco menos golpeada que antes, pero me movió más la promesa que me hice a mí mismo de ir al concierto si volvía a presentarse la oportunidad, algo que pensé que jamás pasaría.

Ahí estuve, justo frente al escenario (pero en la sección con asientos). Un lugar cuasi perfecto para ver un show de esta magnitud. Desde ahí ves absolutamente todo desde una perspectiva única: las pantallas laterales, el escenario, lo que va sucediendo fuera escenario y, además, puedes apreciar el sonido igual que si estuvieras en la parte de abajo.

No es necesario meterme en el detalle de las canciones que se tocaron esa noche. Tal cual viene el track list del disco es como Waters tocó los temas, agregando un intermedio al acabar el primer disco.

The Wall es una obra maestra por sí sola, pero a pesar de haber oído cada tema cientos, o en una de esas, miles de veces, es distinto escuchar en vivo canciones como Hey you, Confortably Numb, Goodbye Blue Sky, Young Lust o las tres partes de Another Brick in the Wall. Las atmósferas tan particulares que crean Waters y compañía en este disco adquieren otro nivel con la noche encima, la gente cantando y un espectáculo basado en la película de Parker en el escenario.

Desde el inicio, con In The Flesh, te das cuenta que Waters no va a escatimar en nada. El show comienza con pirotecnia, el muro a medio construir (que son pantallas donde se proyectan todo tipo de imágenes relacionadas con la obra), con un hueco en el centro donde se encuentran Waters y su banda. De ahí en adelante no hay canción que signifique un descanso. La misma intensidad de la música se vive en el escenario y en las gradas. Conforme transcurre el tiempo, se proyectan las animaciones de la película (cortesía del talento de Gerald Scarfe), logotipos de marcas comerciales con mensajes de protesta y un sin fin de símbolos que desfilan prácticamente en cada tema.

Pero The Wall no es solamente un espectáculo de proyecciones. En el escenario desfilan personajes claves que si bien, tienen participaciones cortas en la película, son sumamente importantes para que el muro se termine de construir, como el maestro de la escuela que torturaba a Pink cuando era niño y lo humillaba en el salón de clases, la madre sobreprotectora y, por supuesto, el juez que ordena derribar el muro.

Waters tuvo otro acierto: no concentrar todo en el escenario, también hizo un gran trabajo en el sonido con un sistema que rodeaba al auditorio (surround 6.1 oí decir a alguien, pero no me consta) desde lo alto para enfatizar los efectos, como el avión que se estrella, la risa de los alumnos en el salón de clases, gritos y golpes. En fin, la cereza en un pastel que ya de por sí estaba delicioso y tenía excelente pinta.

Al igual que en el concepto original, el muro se fue construyendo conforme pasaban las canciones hasta dejar sólo unos cuantos huecos, como la habitación amueblada desde donde Waters canta Nobody Home, pero la vista no sólo se concentra en el escenario, también en un avión de la Primera Guerra Mundial que se estrella contra el escenario (figurativamente, claro) y un jabalí gigante pintado con símbolos de las banderas de las principales potencias económicas y militares del mundo (¿así o más claro el mensaje?) que al final, unas cuantas canciones antes de concluir el concierto, se desinfla sobre un sector de la gente.

Finalmente, la figura de Waters siempre ha sido imponente para los fans de Pink Floyd, y ahora, a sus 68 años de edad, luce más que nunca sobre el escenario. Primero, con su inseparable bajo (absténganse de albures) y después de tocar Comfortably Numb, con el traje negro del dictador que termina siendo en su mente el protagonista de la historia, lanzando ráfagas de metralla sobre la gente (de salva, obviamente).

The Wall es uno de los cinco mejores conciertos que he visto en mi vida por varias razones. La principal, la emotividad de ver uno de mis 10 discos favoritos tocado entero sobre el escenario por su propio coneptualizador con un show que impactó igual a la gente en 1980 que 32 años después.

Waters vs. Pink Floyd

Sería una copia de un fancito de Metallica o de Justin Bieber si dijera que el concierto de The Wall fue perfecto. Tal vez a simple vista lo fue, pero hubo algo que todo fan de Pink Floyd extrañó: a David Gilmour, Richard Wright y Nick Mason. En mi caso, extrañé más a Gilmour, es uno de mis cinco guitarristas favoritos (en otro post hablaré de eso), y los encargados de las cuerdas en el concierto de Waters demostraron por que sólo Gilmour sabe tocar con ese “feeling” las líneas de las guitarras de Pink Floyd. El momento donde más se evidencia esto es en Run Like Hell, ese elegante himno de adrenalina y terror que Gilomour lleva a alturas que, por lo visto, nadie más puede hacerlo.

Fue en ese momento cuando surgió la inevitable pregunta entre quienes estuvimos también en la presentación de Pink Floyd (sin Waters) en el mismo escenario en 1994. ¿Qué concierto estuvo mejor: el de Roger Waters que recién acabamos de ver, o el de Pink Floyd con el Division Bell tour?